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https://www.panoramaaudiovisual.com/en/2011/11/08/estos-nuevos-%e2%80%9ccacharros%e2%80%9d-con-sus-viejas-ideas/

Ramón Reig, director del Departamento de Periodismo II de la Universidad de Sevilla, reflexiona en esta Tribuna sobre el papel del consumidor en una sociedad devoradora de contenidos. «Alguien ha decidido que todo debe pasar por el tamiz del entretenimiento sobre la base de la simplicidad y la postproducción que facilitan los nuevos ‘cacharros'».

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Cuando a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa comenzó a desarrollarse en España la televisión privada, un viñetista dibujó a un señor que estaba sentado en un sillón con orejas mientras leía el periódico. El caballero se lamentaba y decía, más o menos: “Ahora que tengo tanto donde elegir me doy cuenta de que no tengo nada que elegir”. A principios de esa misma década, comenzaron su camino las televisiones locales y las autonómicas. Había más lugares en donde surtirse pero nuestro sujeto creía que no tenía nada que elegir.

El evolucionista Richard Dawkins hace tiempo que nos habló en su polémico libro El gen egoísta de la disonancia entre la evolución biológica y la cultural en el ser humano. La biológica iba despacio pero la cultural iba muy deprisa. Esa evolución cultural encerraba los muy considerables avances tecnológicos, o sea, la fabricación de “cacharros”. ¿Podríamos afirmar que el señor de la viñeta no tenía nada que elegir porque se había dado cuenta de que estaba ante unas especies de variaciones sobre el mismo tema?

En 1999, El Roto, en El País, dibujó a Stanley Kubrick mirando por un catalejo y le hizo exclamar: “La posmodernidad consiste en más cámaras y nuevos encuadres para la misma vieja mierda”. Duro, ¿eh? Pero da que pensar. Cuando me golpean sin piedad con el llamado marketing telefónico para ofrecerme Imagenio o Digital+ (ahora Canal+ aunque da igual, todo acaba en Berlusconi y en Telefónica mientras Prisa se abraza a ellos y a Liberty y coquetea con Slim), pretenden seducirme con el fútbol y con el cine. Si Franco levantara la cabeza y comprobara que parte de la progresía que le echaba en cara sus Madrid-Barcelona y su fútbol porque pretendía narcotizar a los españoles, ahora se han repartido el pastel de los derechos peloteros, ¿qué pensaría? ¿Qué diría el llamado Generalísimo? Mejor no saberlo pero ahí queda la cuestión. Mi madre me decía que todo lo que se critica mal contra alguien luego te cae encima como el cielo se le puede caer encima a Asterix. Y tenía razón.

El receptor del sillón con orejas tal vez estaba pensando en la diferencia entre información y conocimiento. Los señores de Imagenio y de Digital+ pretenden seducirme con fútbol (bastante adulterado por intereses varios) y con un cine cuyos contenidos se repiten una y otra vez porque determinados grupos y magnates (los citados Prisa y Berlusconi, pongamos por caso) controlan buena parte del catálogo Warner o Viacom-Paramount. O será, colocan ante mis ojos muchos datos pero poco conocimiento mientras que los canales de Murdoch, de Disney o de la misma Warner dedicados a documentales, se vuelven comerciales cada vez en mayor medida. Odisea, Canal Historia, Discovery, National Geographic, no suelen ofrecer documentales importantes sino sólo interesantes, de entretenimiento. Desde 2005 a la actualidad, mis observaciones me dicen que la calidad de Odisea y Canal Historia ha bajado, se ha vuelto más simple y repetitiva con reincidencia de temas.

Alguien ha decidido que todo debe pasar por el tamiz del entretenimiento sobre la base de la simplicidad y la postproducción que facilitan los nuevos “cacharros”. Las películas le dan paso a las series fácilmente digeribles, muy bien basadas en los distintos estados hormonales de las diferentes fases de la evolución de una vida humana: eso es éxito seguro, como el falso feminismo de Sexo en Nueva York o de Mujeres desesperadas.

La simplicidad y el deseo de ganancia fácil y segura llevan a continuar dándole la razón a aquel ejecutivo de Hollywood que aseguraba: “La patada en el culo siempre es rentable”, para argumentar que las series y el cine violento otorgaba dividendos fijos. Por cierto, nada de autocontrol con estas cuestiones. No hace mucho, Canal Sur TV, hasta ahora controlada por el “progresismo” del PSOE, ofrecía en hora de máxima protección del menor la película La sangre de los Templarios. Los programadores tenían la conciencia tranquila porque una mente misteriosa que no sé por qué criterios se guiaba, la había etiquetado para mayores de 12 años (extraña calificación) pero yo estaba viendo cómo –con toda explicitud- le cortaban la cabeza a unos y a otros, cómo se traspasaban con espadas los malos contra los buenos, de tal forma que el sujeto traspasado parecía una brocheta de ternera ensangrentada a borbotones… Pero aquello era válido para mozos y mozas de 12 años en adelante mientras que otras cintas con mucha menos violencia (como las que nos obsequia Antena 3 a través de Nitro) son para mayores de 18 años. Algunos consejos audiovisuales, como el andaluz, están intentando enterarse de los criterios de clasificación que utilizan las empresas con las películas para intentar cumplir con su obligación de proteger al menor pero, en el caso andaluz, habrá que empezar por tirarle de las orejas al mismo gobierno que lo mantiene (el de la Junta de Andalucía), tanto a él como a Canal Sur.

Por lo demás, tal vez el señor del sillón de orejas advirtiera ahora cómo los distintos canales de la TDT en abierto siguen la misma estrategia y mensajes muy similares: un canal para todos los públicos, otro para jóvenes, otro para mujeres y otro para hombres. En todos se les entrega a los receptores aquello que se supone que desean ver y oír. Como se sabe, las empresas audiovisuales no tienen responsabilidad social cognitiva (Valerio Lazarov afirmó en su día que Tele 5 no era una guardería infantil) sino sólo el deber y el derecho de llenar sus alcancías aunque sea lanzando mensajes sustancialmente iguales, lo cual las llevará de manera indefectible a la concentración por razones monetarias en vista de que el llamado pluralismo no existe.

De otro lado, en el cine triunfan los tebeos de mi infancia. Mis hijas, de 19 y 25 años, me decían que siempre les estaban ofreciendo lo mismo, en este caso vampiros. Tintín y El Capitán Trueno suben a los cielos del celuloide, acompañados por el Capitán América, al que tampoco lo abandona nunca el desodorante. Es decir, todo esto parece una supernova, una estrella muerta girando una y otra vez sobre nuestras cabezas. Eso sí, qué bien gira, con qué espectacularidad, con cuántos milagros informáticos, con cuanto asombro. De bebés y de infantes, en la cuna, nos distraían con sonajeros de colores: luz, colores, sonidos, movimiento. Pues así seguimos -la vida cambia a la vez mucho y nada- y no está mal, nada estorba si no fuera porque otros muchos aspectos de la historia de los seres humanos se dejan olvidados en pro del espectáculo. Y, hombre, de vez en cuando está bien que usemos las células grises, incluso en el mercado.

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Ramón Reig

Director del Departamento de Periodismo II de la Universidad de Sevilla

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Por • 8 Nov, 2011
• Sección: Cine, Televisión, Tribunas